Los nuevos dueños de los alimentos de la tierra - CUT Antioquia

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Semillas¿Pueden las grandes multinacionales agroquímicas convertirse en los dueños de los alimentos que produce la Tierra? ¿Pueden esas mismas compañías convertir la naturaleza y sus semillas en su exclusiva propiedad privada?

La respuesta provoca espanto: ¡Sí… Por ese motivo, la fuente de los alimentos del planeta en que vivimos está hoy en riesgo. Diez compañías agroquímicas son dueñas del 73 % de las semillas que existen en el mercado internacional. Debido a su difusión masiva, en algunos países han desaparecido hasta el 93 % de las variedades tradicionales de varias semillas.

Solamente en México, 1.500 variedades de maíz están en peligro de extinción debido a las prácticas comerciales y legales introducidas por Monsanto y otras nueve compañías agroquímicas en el mercado agrario de ese país. Cuesta trabajo creerlo, pero ellas están privatizando los orígenes de la naturaleza.

La FAO dice que esas prácticas están perjudicando la agricultura sostenible, destruyendo la diversidad biológica y reemplazando las variedades nativas por nuevas plantas modificadas genéticamente y vulnerables a las enfermedades.

Un informe publicado por la revista National Geographic describe este desastre: en 1903, las principales variedades de maíz existentes en el mercado alimentario del mundo eran 307; hoy se han reducido a 12. Las de repollo eran 544; hoy solo son 28. Las de lechuga eran 497; hoy son 36. Las de tomate eran 408; hoy son 79. Las de remolacha eran 288; hoy son 17. Las de rábano eran 463; hoy se han reducido a 27. Las de pepino eran 285; hoy solo son 16.

Este proceso de degradación de la naturaleza es simple y al mismo tiempo perverso. Cuando alguna de estas multinacionales llega a un país, casi siempre amparada en una cláusula de un tratado de libre comercio, la lógica sencilla de la naturaleza es reemplazada por una cadena endiablada de procedimientos legales y comerciales que empieza en los bancos.

A partir del momento en que la empresa agroquímica abre sus operaciones comerciales en un país, los bancos se niegan a financiar a los campesinos que continúan sembrando las variedades tradicionales. Solo hacen préstamos a los que aceptan cultivar las variedades transgénicas patentadas. A su vez, no brindan asistencia técnica sino a los cultivadores que usan sus semillas. Cuando llega la época de la cosecha, las cadenas de supermercados no compran sino las variedades de productos transgénicos certificados con sus patentes. Después de la cosecha, los agricultores no pueden conservar las semillas. Los contratos los obligan a destruirlas. Para volver a sembrarlas, deben comprar nuevas semillas patentadas. De lo contrario, son denunciados ante los tribunales y sometidos a largos y ruinosos procesos judiciales.

Los resultados de esta cadena asfixiante son dramáticos. Solo en la India, más de 270 mil campesinos se han quitado la vida desde 1990, y su número se ha disparado hasta los 15 mil al año desde 2001, acosados por las deudas impagables y los embargos judiciales.

A tragedias como estas hay que agregar las catástrofes ecológicas provocadas por el uso masivo de pesticidas indispensables para controlar las plagas en los cultivos transgénicos. Uno de los pesticidas producidos por Monsanto está acabando con millones de abejas en varios países de Europa. En vez de suspender la venta de sus venenos, la empresa está desarrollando en sus laboratorios abejas robóticas para polinizar las plantas. De prosperar su proyecto, los agricultores europeos no solo tendrán que pagar a Monsanto las semillas patentadas y los pesticidas. ¡También deberán comprar sus abejas…

Si el mundo sigue gobernado por esta lógica abusiva, las grandes multinacionales agroquímicas van a acabar patentando como propiedad privada hasta el libro del Génesis.

Revista Lazos de Unidad

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